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El diálogo entre el cielo y la tierra

El orden no se concibe en línea recta, sino como un puente entre frecuencias.

El diálogo entre el cielo y la tierra

En Tachyra Centro Neural, el orden no se concibe en línea recta, sino como un puente entre frecuencias. El 10 de enero en la inauguración, fuimos testigos de una síntesis perfecta de la tecnología de conciencia: el diálogo entre lo ancestral y lo sutil, entre la raíz y la expansión.

Tachyra tuvo el placer de contar con la presencia de Daniel y de Lautaro quienes nos honraron con un momento bellísimo al tocar y sincronizar sus instrumentos.

Lautaro, es el custodio del Didgeridoo, el instrumento que sostiene el pulso de la Tierra. Su sonido grave e infrasónico actúa como un anclaje, recordándonos que no hay salto evolutivo posible si no tenemos los pies firmemente hundidos en la materia. Es la fuerza vital, la resistencia que se transforma en sostén. El Didgeridoo sopla con el Pulso de la Madera, el pulso de la Tierra Ancestral que no se escucha con los oídos, sino con los huesos. En el soplo el cuerpo recupera la memoria de su origen y la fuerza de su linaje material. Es el aliento de los siglos que nos susurra que no hay salto al futuro sin la complicidad de nuestras raíces.

Daniel, con la experiencia de la madurez custodia los Cuencos de Cristal, como guardián de la frecuencia del Cielo. El cuarzo puro emite un sonido que limpia el campo auditivo y mental, elevando la vibración hacia un estado de claridad y neutralidad. Es la transparencia, el orden que desciende para organizar el caos de la mente. El Canto del cuenco es, en esencia, luz organizada en materia; es la Tecnología del Cielo manifestada en una frecuencia. Cuando el cuenco vibra, su resonancia actúa como un pincel de transparencia que barre el ruido de la mente, devolviéndonos a ese espacio de orden superior donde el silencio es la nota más alta.

Este diálogo intergeneracional es también un espejo de nuestro propio campo electromagnético. No se trata de elegir entre volar o enraizar, sino de aprender a ser el espacio donde ambos pulsos ocurren simultáneamente. Mientras el didgeridoo nos devuelve al cuerpo, los cuencos nos devuelven al origen. No somos el sonido, somos el espacio donde el sonido sucede.

Cuando estas dos fuerzas se encuentran, el tiempo de espera deja de existir, dando lugar a la conversación de frecuencias que tu sistema nervioso reconoce perfectamente, abriendo espacio a la recalibración.

En el Centro Neural, el cielo y la tierra no están separados. Están aquí, sentados sobre la piedra, recordándonos que la Integración nace de saber habitar todas nuestras dimensiones.

Gimena Bórquez.


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